
12 Ene 8 AÑOS Y MUCHOS SÁBADOS
Ya no existen los domingos de escuchar a Diana Uribe juntos, ni los helados de 3 leches los sábados por la tarde, y sin contar a los taxistas que me quieren vender bitcoins, ya nadie me ofrece una fórmula tan rápida y efectiva para ser rico como lo hacías tú cuando pasabas por el canal cristiano y me decías que si quería tener plata pusiera una iglesia o vendiera vicio.
He pasado 8 años con ganas de contarte todo lo bueno que me ha pasado (lo malo, como siempre, sabes que prefiero guardarlo para no preocuparte) y aunque las cosas no han estado tan mal todo era más fácil cuando mi único miedo era la oscuridad e ibas a medianoche a apagarme la luz del cuarto y asegurarte de que Rasputín, después de acabar con las Romanov, no hubiera ido por mí.
Si algo aprendí de ese pacto tácito que hicimos, sí, ese en el que tú nunca me dijiste que tenías cáncer y yo nunca te dije que ya lo sabía, es que el amor está en los actos de cuidado. ¿Te acuerdas cuando mi mamá se enfermó y le dieron 5 días para despertar?
Ese sábado no hubo helado de tres leches, pero fuiste a darme 3 palmadas en la espalda (esas que todos los que te conocimos sabemos eran tu mayor muestra de afecto físico). Pensaste que dormía y la verdad es que estaba despierta, muy despierta y te sentí ahí porque al igual que tú también tenía miedo.
Un día me dijiste que hasta el mismo Dios tenía una limitación y era su inmortalidad, ¿será por eso que te fuiste?¿En un acto de rebeldía pura? Como cuando te premiaron y usaste la estatuilla como burlete para que el viento no cerrara la puerta. O tu única limitación fue el miedo que sentiste aquel sábado.
Cuando te fuiste pensé que llegaría un día en el que te recordaría sin extrañarte, pero han pasado 8 años y ya no lucho contra eso porque acepté que está en una lista de cosas gigantes que nunca voy a aprender como el volar de un avión o la tabla del 9.
Te confieso que a ratos en ese universo perfecto que imagino antes de dormir pienso en cómo sería todo si todavía estuvieras aquí y viviéramos esas cosas que nunca hicimos. Me celas con mi primer novio y le dices a mi mamá qué cómo me voy a tatuar si eso me puede dar una infección y yo te cuento todo lo lindo que me pasa; porque eso es lo que más extraño, porque el luto duele más cuando eres feliz y ya no lo puedes compartir y porque a toda la felicidad que llegue a mi vida siempre le vas a faltar tú.
Ojalá pudieras leer esto y volver algún día para leer juntos ese libro que me diste meses antes de que te diagnosticaran, ese libro que hablaba de la muerte y que lleva 8 años en la biblioteca. Ojalá pudieras volver para leerlo o tan solo para que ya no sean 8 años sin los domingos de escuchar a Diana Uribe, ni 416 sábados sin helado de 3 leches.
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