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Amo tanto que a ratos se me olvida que puedo irme y por eso, todo siempre ha dolido (y durado) un poco más de lo que debería. No sé si ese tiempo extra me quedo por apego o solo por liberarme de culpas futuras disfrazadas de un “qué habría pasado si…”.

Aunque tal vez no es que ame tanto como creo, tal vez es el amor que se desdibuja en mi afán por sentir que algo me pertenece y creer que así voy a tener una dosis vitalicia de certezas. Así se me pasa la vida, buscando qué tener, cómo hacerlo y sufriendo para sostenerlo.

Sería más fácil la vida si recordara con frecuencia que el tiempo es un asunto de dioses y la resistencia el acto humano que más daño causa. Cuando lo he hecho me he levantado sin hacer ruido alguno y me he ido con la claridad de quien sabe que nadie sube al Everest con una maleta llena de cosas.

Por eso hoy me escribo todo esto para recordarlo en aquellos momento en los que el “tener” actúa como sedante, para que cuando llegue ese pensamiento según el cual entre más tengo, más segura y protegida estaré sepa que él olvida que estoy amando porque piensa que construyo una fortaleza o quién sabe qué cosa. 

Cuando el que tiene mucho probablemente también es el que más basura carga, porque cuando “todo sirve” no hay espacio para lo que en realidad vale la pena y cuando las cosas no están donde pertenecen, las tienes que cuidar el doble para que no se pierdan y el amor debería entender el cuidado como un acto que busca cosecharlo, no retenerlo. 

En algunos momentos de lucidez como este, recuerdo que el tiempo es tan sabio que solo él sabe poner todo en su lugar y además entregar o quitar en el momento adecuado. Así que eso que llamamos afán no es más que un cúmulo de ansiedad que no conduce a nada, pues él (el tiempo) nunca dura más ni menos de lo que debería. 

La cosa es que eso es algo que solo se entiende cuando uno se da cuenta de que no hace falta tener mucho para sentirse seguro y que al final del día si de perseguir certezas se trata nadie tiene más que aquel al que no le sobra nada. 

Solo el que puede dar sin pedir a cambio es quien ama en realidad, porque no lo hace esperando tener más, ni lo entrega desarmándose o anotando en una lista de futuros reclamos. 

El que entiende que no quería una eternidad forzosa que volviera un presente en pasado y futuro a la vez, pero sí vivir con plena consciencia el presente para que en el futuro pudiera ser un recuerdo bonito y el  pasado no trajera consigo algo de que arrepentirse.

@sussierave castro
susanaravec@gmail.com

CEO de las cosas rosadas y brillantes

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