
20 Jun De ir a terapia, pilotearla y pajazos mentales
ESCRITO POR:@alex.roz
ILUSTRADO POR: @clarailustrada
En medio del caos de la ciudad, entre bocados de sushi me río con mi amiga mientras contesto a su historia: “Ese man seriamente necesita terapia”. Nos reímos más duro y llegamos a la conclusión de que sí, todos deberían ir en algún punto en sus vidas.
La conversación se mueve al siguiente tema con facilidad, sin embargo, la idea comienza a darme vueltas como un disco rayado: ¿cuántos de nosotros necesitamos terapia? Y, ¿por qué nos da tanto miedo hablar de ello?
Pueden, con sinceridad, decir que nunca han conocido a un man, cuadre, amiguito chévere, o incluso solo una persona nueva en sus vidas y han dicho: “No, gracias, soluciona tus rayes primero”. O siendo honestos, que nadie los está vigilando, ¿nunca se han preguntado si necesitan acudir a un psicólogo? La ironía es que vivimos en una paradoja en la cual la salud mental y el llamado autocuidado están plasmados en cada nuevo post de Instagram y miles de videos de Tik Tok que te alientan a buscar ayuda. Yo me quedo pensando en cuántos verdaderamente le paramos bolas al asunto.
La verdad es que seguimos con la idea y el prejuicio de que quien acude a un profesional lo hace porque necesita superar un evento traumático (probablemente un ex), o quizás padece una enfermedad mental. Normalizamos la ansiedad y la depresión, pero no el autoconocimiento, un examen de nuestra historia de vida. En su lugar, preferimos acudir a la vieja confiable: quedarnos hasta las 3 a. m. dándole vueltas a un asunto en nuestras cabezas sin hallarle una solución.
Entonces la tristeza se vuelve parte de la cotidianidad, hacemos memes de insomnios eternos, nos reímos de nuestros “traumas” que nos hacen autosabotearnos y volver a donde nos hacen mal. Resulta fácil verlo y burlarnos, no obstante, no damos el paso siguiente.
Por mucho tiempo quise “pilotear” (dígase del acto de intentar manejar un asunto de forma adulta para el cual no estoy preparada de ninguna forma) una depresión que venía desde la adolescencia, me automediqué con frasecitas de internet, consejos de influencers e información de Wikipedia.
La crisis de los 20, el tratar de ser adulto y darme cuenta de que esa vaina quizás no es para mí llegaron y yo me encontré en medio de una tormenta sin sombrilla y en vestido de baño porque vivía negando el mal clima, creyéndome en verano.
¿A cuántos aún se les dificulta crecer? ¿A cuántos la adultez los aterra? ¿Cuántos hoy se están enfrentando a situaciones que no comprenden y para las que solo están armados con los juguetes que nunca pudieron soltar? A todos la vida nos ha dado duro y ni la rutina de mil pasos de skincare ni el ejercicio ni el “día de descanso” nos ayuda lo suficiente.
Hay un momento en la vida de todo niño-adulto en donde la parte de “ser adulto” se nos hace muy grande porque las herramientas que desarrollamos al crecer ya no funcionan, y nos damos cuenta de que estamos frente a una encrucijada: la piloteamos lo mejor que podemos sabiendo que no sabemos lo que hacemos o nos apoyamos en alguien que pueda ayudarnos a entender; es decir, vamos a terapia.
Por alguna razón aún nos da pena reconocer que quizás necesitamos de un profesional o cualquier aspecto asociado con un tipo de terapia (talleres de autoconocimiento o de algún tipo de espiritualidad, actividades que nos refuercen la autoestima o cualquier cosa parecida).
Es como si admitir que la cagamos o que cargamos algún tipo de dolor sea una vergüenza. TODOS estamos rotos y como frase de cajón les digo: “Somos imperfectamente perfectos”. Todos tenemos grietas o heridas, algunas sanan, otras las llevamos a lo largo de nuestras vidas creyéndonos mártires, e incluso hay otras que ni siquiera sabemos que están ahí, pero duelen y, a veces, sangran sobre los demás.
En un mundo utópico, todos iríamos y sanaríamos a nuestro niñx interior, podríamos ver nuestra historia y entender por qué somos como somos, de dónde vienen nuestros miedos y nuestros dolores, de qué somos producto y qué nos construye; solo así podemos avanzar.
Dejemos los estigmas y miedos, aceptemos que la terapia no es una sesión milagrosa en donde en 1, 2 y 3 te curaste y sos feliz para siempre. Hay días en los que la cita llega como un salvavidas en medio de una tormenta; a veces se parece a una visita por un museo de recuerdos o una mirada en la caja de objetos perdidos en donde encuentras aquello que no sabías que tenías o que creías jamás volvería a ti; otras, es una clase de matemáticas donde terminas con más preguntas que respuestas.
En ocasiones se siente como el despertar de una siesta en donde no sabes qué es arriba o abajo, ni la hora y menos el día del año. Haré la analogía más cliché: es una aventura en una montaña rusa con giros y vueltas, retrocesos, altos y bajos, y unas ganas infinitas de repetir y no volverlo a hacer a partes iguales.
Martha Stella cortés
Posted at 13:49h, 24 junioMaravilloso texto, si todos pudieran tan siquiera acercarse un poco a las ideas aquí planteadas en post de un reconocimiento personal y sanador, todo sería mejor.
sussie
Posted at 23:12h, 16 agostoamiga gracias por la ida, de una
Andre
Posted at 22:03h, 01 juliola publicación se me hizo genial, me sentí muy identificada, y justo mañana tengo una terapia con una psicóloga. (:
sussie
Posted at 23:14h, 16 agostoamigaa te irá súper! amo