
14 Feb LO QUE APRENDÍ DEL AMOR
Todo lo que sé del amor lo aprendí en medio del vértigo, de preguntas sin respuestas tangibles, de cosas que solo podía sentir y confirmar al entregar al otro. Todo lo que sé del amor es que a ratos las cosas más simples se vuelven difíciles porque se te entrecorta la voz para decir “te quiero” y también para decir “me voy”.
Miles de veces lo confundí con recuerdos que hoy pesan en la memoria, me aferré a donde no había nada con la fe de una mamá que ve a su bebé dar los primeros pasos, y al igual que ella lo vi caer: me quedé callada para no perder al otro y me perdí, solo para después caer en el autosabotaje de pensar que adelantarme a los hechos me iba a dar certezas, como la falsa seguridad que hay en los “al final vamos a terminar”, “me va a romper el corazón” y mil ideas más que no se iban de mi cabeza. El problema es que la tranquilidad que esperaba llegara con ese “método de defensa” nunca apareció.
Es irónico. La primera vez que me enamoré duramos más de un año en juegos tontos hasta aceptar lo que sentíamos, la segunda fue un beso de borrachos, de esos que uno cree se quedan en la discoteca y ya. Yo solo tenía miedo porque la Oreja de Van Gogh decía “Empiezo a sospechar que el amor verdadero es tan solo el primero, que los demás son solo para olvidar” y tenía 20 y quería volver a amar.
En el intermedio de todo esto hubo tantos errores, tantos dramas que pude haberme ahorrado de no creer en falsas “reglas universales”. Pensé que la estabilidad en una relación estaba asegurada siempre y cuando las cumpliera (o por lo menos tendría una probabilidad más alta de éxito), pero lo cierto es que cuando se trata de amor por más similitudes aparentes ninguna historia es igual a otra.
Dos personas se encuentran y reconstruyen la narrativa de toda una ciudad para convertirla en su escenario principal: el semáforo en rojo en el que siempre se besan, la pizzería de la primera cita, el cuarto en el que se encierran los domingos. Las nimiedades terminan siendo todo y esas son las cosas que te rompen el corazón, porque al final solo tú sabes lo que significan.
Hoy sé que es parte y parte: la coincidencia nos une y la convicción nos sostiene. Entendí que hay guerras en nombre del olvido que están perdidas desde antes de lucharlas porque hay personas a las que siempre vamos a querer, pero su nombre no es sinónimo de una incapacidad para volver a amar de nuevo, que esperar que alguien “vuelva arrepentido” solo es prolongar tu permanencia en lugares de los cuales ya no eres parte, y que el corazón no le duele solo a quien se lo rompen sino también al que lo lesiona.
En medio de todo esto me volví racional y un poco insensata (solo por un momento), me asusté mucho porque pensé que el amor había perdido la magia, pero hoy vuelvo a mí porque aprendí a amar en voz alta, en la incertidumbre de decir un “te quiero” y un “me gustas” sin esperar nada a cambio, a entender que lo único que te asegura un “para siempre” es vivir en el presente, a amar en el mundo que construimos para los dos lejos de fotos publicadas en redes y del afán de validar mi relación ante desconocidos.
Aprendí a amar despacio y ojalá el amor haya aprendido a soñarme.
ilustración por:@p6rcelain
Caro Flaker
Posted at 07:39h, 15 febreroMe encantó!
sussie
Posted at 23:17h, 16 agostogracias!!!