
10 Mar SLUT DREAMING
Mi santísima trinidad son los niños, los borrachos y uno que otro pantalón que ya no me queda. O, mejor, todo lo que no soy capaz de decir en voz alta. Porque hay cosas que duele pronunciar como “Tengo un retraso” o “La materia me quedó en 2,9.”
Creo que casi todas hemos llegado alguna vez a ese punto en nuestra vida donde nos asustamos más que Mia Thermopolis (princesa secreta de Genovia de la película Diarios de una princesa) cuando su abuela apareció de la nada a confesarle toda la verdad, porque no nos enseñaron que los sueños grandes asustan ni nos explicaron que no tenemos que ser Marie Curie o algo por el estilo para “valer la pena”. Porque si se trata de valor hay días en los que levantarse de la cama cuesta un poquito más que sumar la venida del papa a Colombia y la plata que se robaron los Nule.
Y es que después del slut shaming el dream shaming nos jodió la vida. Nos vendieron la idea de que para ser unas lolitas interesantes nos debía gustar el fútbol, teníamos que tener más amigos hombres que mujeres, odiar el maquillaje, anular cualquier comportamiento “femenino” y por ende optar por actitudes “masculinas”, ¡como si el género no fuera una construcción social!
Esta necesidad por invalidar la femineidad es producto de una sociedad heteropatriarcal y normativa donde se crea o no en Yisús se sigue viendo a las mujeres como seres creados de la costilla de Adán, mientras los hombres son hechos a la imagen y semejanza de Dios, la percepción de la mujer como un ornamento familiar que se tuvo durante siglos junto con la concepción de ellas como débiles o frágiles hace parte de un discurso naturalizado por la sociedad y enriquece irónicamente a una pobre ideología que cree que lo “femenino” nos hace inferiores a los hombres y ahí radica la necesidad por invalidar o menospreciar los comportamientos típicos de una “mujer.”
Esto no quiero decir que las lolitas a las que les gusta el fútbol o tienen más amigos hombres estén mal, sino que sus sueños y gustos son IGUAL de importantes que los del resto de lolas, pues las doctrinas que reclaman la supremacía sobre otras son peligrosas y al final el sueño de querer cambiar el mundo a través de una fundación de perritos es tan válido como el de un científico que busca la cura para el cáncer.
Nuestra generación cuenta con una oportunidad de hacer escuchar su voz que ninguna otra tuvo antes y es momento de aprovecharla para crear discursos que realmente logren tener un impacto y un mensaje que valga la pena, no para seguir perpetuando estereotipos.
Porque peor que ver al otro como un enemigo es creer que es inferior a uno.Dato curioso para los escépticos: por el hecho de maquillarse, ver comedias románticas, ir al gimnasio, querer tener hijos o pintarse el pelo de mono y preocuparse por cosas como el frizz, el IQ no se reduce.
Finalmente volvamos a Mia Thermopolis… ¿se acuerdan cuando su amiga la hace sentir mal por tener un bolso lindo? El chofer le dice citando a Eleanor Rooselvelt “Nadie puede hacerte sentir inferior sin tu consentimiento” y es que el daño que nos pueden llegar a causar terceros empieza con el que nos hacemos a nosotros y normalizamos todos los días en actitudes tan simples como no preguntar en clase porque nos da miedo que nuestro comentario le parezca “bobo” a alguien y se burle de nosotras, agregamos un “No sé si es muy tonto” antes de dar nuestras opiniones y los justificamos.
Justificamos que el profesor nos trate como brutas porque no nos va bien en su materia (como si no existieran mil más en el plan de estudios), que el bizcocho no sea tan caballeroso como soñamos toda la vida porque “lo queremos” y casi lo santificamos por ese algo lindo que hizo hace más de tres meses, que nos hagan sentir culpables de lo que nos gritan en la calle por ir a coger el bus con algún escote.
Olvidamos que la confianza en nosotras mismas no significa que le caigamos bien a todo el mundo sino saber que aunque no lo hacemos nuestra identidad o personalidad no tiene que cambiar para hacerlo, así que mejor cantemos un poquito de Karol G y eso de “Yo soy dueña de mi vida, a mi nadie me manda.”
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